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Juegos Olímpicos: momentos épicos argentinos

Foto: Archivo

Las medallas a las piñas

Santiago Lovell y Carmelo Robledo aprendieron a boxear de la misma manera: defendiendo sus puestos de canillita a las trompadas. Los dos llevaron sus guantes a Los Ángeles 1932 y volvieron con medallas de oro. A Lovell le decían el Terror de Dock Sud y lo demostró sin oponencias en los pesos pesados, una de las categorías más agresivas y difíciles del pugilismo. El camino de Robledo, en cambio, no fue tan sencillo. Por empezar, el camino a la final. De manera literal: el micro que debía recogerlo nunca llegó y debió socorrerlo el cocinero de la delegación argentina, que vivía en Los Ángeles y lo llevó en su auto particular. Para su suerte, Robledo llegó con tanto tiempo que no sólo peleó y derrotó por puntos al alemán Josef Schleinkofer sino que hasta se sacó fotos con Mary Astor y Clark Gable, dos estrellas de Hollywood. Rumbo al oro, en tanto, había perdido un diente.

El boxeo es el deporte que más medallas olímpicas aportó a la Argentina: 25 de 71. Más de un tercio, proporción que se mantiene en los Oros (siete de 19).

El Día Olímpico Argentino

A pesar de que la atención principal actualmente está puesta en la carrera de los 100 metros llanos, la actividad madre del atletismo olímpico es el maratón de 42 kilómetros. Así había comenzado todo en la Antigua Grecia, con la prueba más exigente y épica, la que da lugar a grandes atletas pero también a resultados imprevistos.

Acaso una de las principales sorpresas de toda la historia de los Juegos Olímpicos haya sido la de Juan Carlos Zabala, a quién le habían puesto "el Ñandú" en el orfanato de Marcos Paz, donde se había criado corriendo y escapando. Después de alrededor de dos horas y media, Zabala totalizó los 42 kilómetros en aquella tarde inolvidable de 1932, en Los Ángeles, donde se coronó como el monarca olímpico de una prueba que nunca lo tuvo entre sus candidatos. Exactamente 16 años después, otro argentino replicó la hazaña: Delfo Cabrera, en Londres. Fue también un 7 de agosto. Por eso, la fecha es considerada como el Día Olímpico Argentino.

Nadando en una soga elástica

Como los viajes eran por mar y duraban alrededor de un mes, Jeannette Campbell no quiso perder estado físico y entonces inventó un sencillo mecanismo para aprovechar la pequeña pileta del barco: consistía en atarse al borde con una soga elástica para obtener más resistencia. Atravesando el Atlántico de sur a norte, los otros deportistas que integraban la delegación (todos hombres menos ella) se le reían. Pocas semanas después, Jeannette terminó segunda en los 100 metros libre y se convirtió en la primera argentina que obtuvo una medalla olímpica.

Sólo 12 de las 71 medallas olímpicas argentinas pertenecen a mujeres y la cifra se explica, en gran medida, por el dispar apoyo que históricamente le dedicó a cada género el Comité Olímpico Argentino. Un ejemplo: el COA, creado el último día de 1923, envió el año siguiente a los Juegos de París una delegación de 93 atletas, todos ellos varones. Por supuesto que los tiempos cambiaron y la ecuación se modificó, aunque el desnivel sigue vigente: representan al país en Río 2016 139 hombres y 74 mujeres. Entre ellas están Las Leonas, ganadoras de cuatro de esas 12 medallas.

La veneración dorada

Es curioso, pero la anotación más recordada de la Generación Dorada no fue en una de las tantas instancias decisivas que jugó, sino en un partido de primera ronda… ¡pero qué partido! El debut de Atenas 2004 era contra Serbia, remanente de aquella Yugoslavia que lo había despojado injustamente del mundial pasado, en Indianápolis, donde la Argentina venía de encajarle en semis la primera derrota oficial de toda su historia a un seleccionado de NBA.

Aquella inolvidable palomita de Manu Ginóbili sobre el filo de la chicharra le dio a la selección algo más que el frenético triunfo por 83-82: encarriló el rumbo de un equipo que empezó a tomarse en serio a sí mismo, de punta a punta, para volver a dejar afuera a otro EE.UU. de NBA en semis, y esta vez, sí, ganar también la final. La Generación Dorada en estado de gracia suprema, sin fisuras, para contribuir a quebrar un maleficio nefasto. Es que, desde 1952, la Argentina no ganaba la medalla suprema y, ese día, lo lograron tanto el básquet como el fútbol, con la dirección de Bielsa y la magia de Tévez.

Seúl, decime que se siente

Los 80' marcaron la ascendencia de otro deporte colectivo que empezó a ser practicado en cantidades: el vóleibol. Y fue en gran parte gracias a dos éxitos internacionales que despertaron la atención de quienes, hasta entonces, poco conocían de él o ni siquiera nada sabían. Uno fue al principio de la década, el otro al final. Ambos, terceros puestos.

El primero de ellos se produjo en el Mundial organizado por la Argentina en 1982, ante un Luna Park repleto de sorpresa y entusiasmo. Y el segundo, con varios de aquellos, al otro extremo del planeta y de la década, en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988.

Después de una primera fase discreta, la Argentina, como era previsible, cayó ante la Unión Soviética, en semis. Aunque luego redondeó una campaña hasta ahora inmejorable con el doble éxito de vencer a Brasil, por un lado el clásico y la gran potencia del continente, y por el otro rival por la medalla de bronce. Definición olímpica inolvidable para el deporte argentino que puede repetirse ahora, en suelo carioca, si ambos superan la primera fase y vuelven a verse cara a cara por una medalla, como aquella vez en Seúl.

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