fbpx
Sin categoría

La nueva guerra de Wagner Moura

Wagner Moura como Pablo Escobar en Narcos, una de las producciones originales de Netflix..

Wagner Moura se metió de nuevo con las drogas. En una tarde calurosa del invierno de Río de Janeiro, el actor bahiano de 39 años atraviesa la recepción de una agencia de comunicación y dice: "No puedo soportar la luz cruda de una lámpara, y tampoco puedo soportar una acción grosera o una observación vulgar". Moura no sabe bien por qué, pero acaba de declamar líneas del personaje Blanche DuBois, de la pieza Un tranvía llamado Deseo. Su improvisación es tan convincente que no sería una locura apostar a que el responsable de eternizar al rudo Capitán Nascimento en los cines con Tropa de elite podría un día ser también la perturbada protagonista de ese texto clásico de Tennessee Williams. Con 23 años de carrera y reconocido como uno de los mejores actores brasileños de su generación (para muchos, el mejor), hoy Wagner Maniçoba de Moura deja la impresión de que podría ser cualquier persona, cualquier cosa. Pero una vez más, ha decidido zambullirse en el universo de los estupefacientes.

Desde el 28 de agosto, Moura está en la piel de Pablo Escobar, el más notorio traficante de drogas de todos los tiempos. En esa fecha, Netflix estrenó la primera temporada de Narcos, la serie en la que Moura interpreta al jefe del Cartel de Medellín. Hasta hoy, el mejor papel de Wagner Moura fue el de un policía que dejaba caer la mano dura encima de los distribuidores y consumidores de drogas en las favelas de Río. El personaje central de las dos Tropa de elite (la segunda es la más taquillera de la historia del cine brasileño), ambas dirigidas por José Padilha, se convirtió en un ícono de quienes ven en la violencia del Estado una forma legítima e imprescindible para combatir el crimen. Ahora Moura está del otro lado.

Por cuenta propia, pasó una temporada en Medellín, Colombia, y buscó durante casi dos años entender las motivaciones de su nueva construcción, que es una pieza maestra de la ambigüedad de un enorme criminal que todavía es visto por algunos colombianos como un Robin Hood. Pero Moura nunca se llevó bien con la idea de que hay buenos netamente buenos y malos netamente malos. Su Capitán Nascimento lo demuestra, y su Pablo Escobar lo ratifica.

Además, para el papel Moura engordó 20 kilos. "La gente se impresiona mucho, pero es una tontería. Eso no es actuar. No vas a ganar un Oscar por engordar", dice mientras come castañas y maníes, y toma agua. En julio, Moura ya había bajado seis kilos, pero todavía no puede adelgazar mucho porque pronto deberá grabar la segunda temporada del programa (su intención de aquí en más es usar prótesis y efectos visuales para parecerse más al Escobar de la vida real).

Formado en periodismo, padre de tres hijos (Bem, de 9 años; Salvador, de 5; y José, de 3) y casado desde hace catorce años con la fotógrafa Sandra Delgado, Moura habla con una mezcla de explosión y ternura. Alterna un discurso manso y cansado con discusiones políticas vehementes. Sus intereses no se restringen al cine o la televisión: también editó un disco de su banda Mãe y homenajeó a Renato Russo cantando en un show tributo a Legião Urbana al lado de Dado Villa-Lobos y Marcelo Bonfá.

"Yo a mi edad no tengo ganas de hacer lo que sea si no es en pos de obtener un entendimiento de algo, para que eso agregue alguna cosa en mi vida, para que me haga conectar con algo que no sé qué es", dice, explicando por qué eligió protagonizar Narcos, que tiene dirección general de su amigo José Padilha. Después de más de una veintena de films (incluido la internacional Elysium), siete obras de teatro y dos novelas, Moura está queriendo desacelerar progresivamente su carrera. "Cada día estoy más cercano a Bahía", dice.

Su proyecto para 2016 es dirigir una película sobre el guerrillero brasileño Carlos Marighella, y para eso está haciendo investigaciones con el guionista Karim Aïnouz. "Estamos con muchas ganas de entender el movimiento de las iglesias neopentecostales y de tener un personaje que sea un pastor, un obispo." Sea como Hamlet (el clásico de Shakespeare que interpretó en el teatro en 2008) o como Olavo en la novela Paraíso tropical (2007), los personajes de Moura combinan revuelta con carencia, brutalidad con gentileza, rabia con comprensión. El parece desaparecer dentro de cada uno, para luego retornar y contar lo que aprendió.

¿Cómo es tener que dar tu opinión sobre la legalización de las drogas, el narcotráfico y la política, a causa de un trabajo como actor?

Me gusta eso. No me incomoda para nada. Toda la discusión que generó Tropa de elite fue saludable. Fue muy bueno conversar con periodistas en estos viajes que hice a Europa para promocionar Narcos, y hablar de una realidad que ellos ven de una forma tan diferente. Para ellos es más difícil juzgar la eficacia de la guerra contra las drogas. Para nosotros es evidente que esa guerra no funciona cuando vemos que 50 personas en México fueron asesinadas de una sola vez. Cuando voy a Berlín y digo que estoy a favor de la legalización de las drogas, hay un tipo de debate que me parece bueno. El otro día, una chica estadounidense me dijo: "Yo no sé si quiero ver a un junkie vomitando en mi milk-shake". Yo le respondí que se le puede hacer frente a esas cosas; lo que es difícil es lidiar con jóvenes de la periferia de países latinoamericanos asesinados en esa guerra. Entonces, el milk-shake es una cosa manejable.

¿Creés que todas las drogas deberían ser legalizadas?

Sí, lo creo. No sé cómo. Creo que todas las drogas son diferentes y deberían existir formas diferentes de tratarlas. Pero lo que me parece evidente, es que esta política de enfrentamiento de drogas es ineficaz. Es ruin, especialmente para nosotros, en los países más pobres, que somos productores y exportadores.

El escritor João Paulo Cuenca publicó una columna en el diario Folha de São Paulo admitiendo que tomó drogas y que las personas deberían "salir del clóset" y decir si consumen. ¿Qué pensás de eso?

Lo leí y pensaba que iba muy bien hasta el párrafo final, que es un tanto chantajista. Si sos una persona pública, ¿entonces tenés la obligación de salir del clóset y decir que sos gay, que fumás marihuana o que aspirás cocaína? Disculpame, nadie tiene la obligación de hablar de su vida personal. Eso es parte de la libertad personal de cada uno. El compromiso del artista es con su arte. Nadie tiene por qué colocar su vida personal en la vidriera.

Sobre drogas siempre mencionás que tuviste experiencias y no decís nada más.

Exactamente, por un lado no me opongo a hablar de política, pero no me gusta hablar de mi vida personal. Estoy a favor de la libertad de que cada uno sea quien es. No me vengan a chantajear.

Pero te siguen preguntando si fumás marihuana.

Y continúo respondiendo lo que creo sobre la legalización de las drogas. Eso es lo que importa. Mi vida personal es mi vida personal. ¿Por qué no hablo con revistas de celebridades? Porque ese es el tipo de pregunta que me harían. Entonces, no espero esa pregunta de otro tipo de periodismo.

¿Cuál es tu reacción inmediata cuando te invitan a hacer un personaje como el de Pablo Escobar?

¡Lo quiero hacer! En la época del Capitán Nascimento, la gente decía que yo había humanizado al tipo. Eso me parece muy loco. No sé qué es lo que la gente quiere que haga el actor. ¿Cómo se imaginan que sería? ¿Será que querían un dibujo animado? No sé muy bien cómo responder. Pero no quiere decir que no tenga una opinión sobre eso.

¿Existe algún personaje que a priori no harías?

Puede ser que haya. Por ejemplo, tengo una intolerancia muy grande con las cosas sobre niños maltratados, pero no es porque esté juzgando a aquel personaje, no es porque él sea "malo" que no lo haría, sino porque no quiero verme envuelto en eso, no me siento bien. Y yo voy a fondo en esos asuntos: no es que te llevás el personaje a casa, no es eso, pero lidiás con una vibración mala y buscás cosas adentro tuyo y te conectás con esa energía, con las cosas que la gente no ve. Parece algo metafísico, pero te conectás, ¿me entendés? El actor es una antena y vibra en esa frecuencia.

¿Cómo fue la preparación para trabajar en esta primera temporada de Narcos?

Yo no hablaba español y estuve casi dos años metido en eso. Leí y vi todo sobre Pablo Escobar. Me mudé a Colombia, conversé con la gente, visité el barrio que construyó Pablo Escobar. En marzo de 2014 fui por primera vez a Medellín, aun antes de firmar con Netflix. Pagué todo yo, nadie sabía que estaba ahí. ¡Ni se lo dije a Padilha! ¡Fui! Y me anoté en un curso de español para extranjeros en la Universidad Bolivariana, en Medellín, con adolescentes japoneses y empresarios alemanes.

¿Y contabas que eras Wagner Moura, un actor brasileño, y que estabas investigando para hacer el papel de Pablo Escobar?

No, lo descubrieron después. Me daba vergüenza decir que estaba ahí para interpretar a Pablo Escobar. Se me iban a reír en la cara. Tenía mucho pudor de decir eso. Decía que estaba allá estudiando español.

¿Te dio miedo?

Me dio. Porque Escobar es un mito internacional. Es como llamar a un colombiano y decirle que va a hacer la biografía de Pelé, ¡sin que él sea ni siquiera moreno! Esto es lo más difícil que me ha tocado hacer. Y ellos acababan de tener aquel éxito gigante con la novela [se refiere a la aclamada Pablo Escobar: El patrón del mal]. Pero yo no quería decepcionar a Padilha, entonces fui y la hice.

¿Y pensás en la reacción de los colombianos frente a tu Escobar?

Estoy muy orgulloso de lo que hice y de la forma en que ellos me respetaron. Vieron que por lo menos me estaba esforzando como la puta madre para hacerlo bien. Imaginate: el elenco llegó en septiembre, yo estaba allá desde marzo. Llegué antes que los productores.

¿Y sobre ese proceso de haber engordado 20 kilos?

Nunca más voy a hacer algo así. Sólo lo hice porque Escobar existió y todo el mundo iba a hacer comparaciones. No quiero engordar más para otro trabajo. Me siento horrible.

¿Cuál fue el aprendizaje de este período, sin contar específicamente el aprendizaje como actor?

Una cosa muy buena de esta serie es que me conectó con un sentimiento de latinidad. Nosotros en Brasil consumimos nuestra propia cultura. Me dio mucha vergüenza no saber quiénes eran aquellos actores. Y tenés a los mejores actores de México, Chile, Colombia, Argentina. Y yo no sabía quiénes eran. Realmente eso me dio mucha vergüenza. Y nunca me sentí un extranjero en Colombia, sino que me identifiqué con el hecho de ser brasileño, latinoamericano, tercermundista. La serie me dio un sentido de pertenencia a algo más grande que a "ser brasileño".

Por un momento, en los últimos 20 años, visualizamos una Latinoamérica diferente, unida, que podría mostrarle algo al mundo. Hoy parece que eso se perdió. ¿Qué sentiste en Colombia sobre esto?

Tal vez haya habido en el primer gobierno de Lula un protagonismo político brasileño en Latinoamérica. Parecía que Brasil finalmente ejercería su vocación exótica y que ese exotismo se esparciría por el mundo como un ejemplo increíble de desarrollo sustentable, de respeto a las minorías, a los derechos humanos, a la idea de que la ecología es algo importante. Era el momento de un país alegre que habla portugués, ¿sabés? ¡No sé si eso era así, o si era sólo en mi cabeza!

¿Y qué pasó?

Brasil siguió un modelo idéntico al de los demás y eso en poco tiempo se mostró como otro de los momentos en que Brasil prometió ser y…

¿Pero creés que realmente casi alcanzamos algunas cosas, o que quedó todo en tu cabeza?

No, no… No sólo casi llegamos a muchos lugares, sino que también realizamos muchas cosas, especialmente atacando el problema fundamental, que es la injusticia social. Pero ves lo que es Brasil hoy, cuál es la situación. Quizás en los momentos de crisis, la burrada encuentre lugar. Es muy dicotómico. O sos de izquierda o sos de derecha. Mirá la discusión que hay en el congreso de Brasil ahora sobre la reducción de la edad de imputabilidad. Algunos pocos diputados dicen: "Sólo existen datos que dicen que reducir la edad de imputabilidad penal no sirve para nada. Y son investigaciones que fueron hechas por sociólogos y antropólogos. Las cárceles son escuelas del crimen". Y muestran argumentos en contra. Y ahí el argumento que vence es: "Si te dan pena los ladrones, llevátelos a tu casa". ¡Mirá vos! Y no estoy eximiendo a la izquierda brasileña de esta burrada, porque la izquierda brasileña en este momento dicotómico es igualmente burra. Hay mucha estupidez también, y mucha soberbia para que, por una mirada ideológica, tonta y antigua, no puedas ver que hay una crisis evidente en el país. Una crisis de moral, de valores, de política.

Viendo desde afuera los acontecimientos de los últimos dos años, ¿cuál es tu perpcepción?

Cuando ves las noticias que aparecen del congreso. La oposición no vota nada a favor de Brasil, vota en contra del Gobierno y contra el PT (Partido dos Trabalhadores). Es una guerra declarada. O cuando el PMDB (Partido de Movimiento Democrático Brasileño) dice claramente en los diarios: "El Gobierno libera cargos del segundo escalón y el PMDB vota a favor", ¿qué carajo es eso?

¿No te angustiaba acompañar todo esto a la distancia, mientras estabas en Colombia?

Me puso feliz no estar en Brasil durante el segundo turno de las últimas elecciones, porque vi mucho emburrecimiento, mucho genio del debate, mucho amigo dejando de hablar con amigo, gente pegándole a otra gente. Ese es el recrudecimiento de la derecha. La desmoralización del PT es mala en sí, porque es mala para el país, porque el PT es el Gobierno, porque tenía una historia. Pero es mala también porque hubo un recrudecimiento de la derecha más siniestra, la que puede decir: "Soy racista, homofóbico".

¿Qué opinás de la oposición política actual en Brasil?

Es una oposición sin proyecto, sin ideas, destructiva. Es una oposición realmente golpista. Y Brasil tiene una tendencia al golpismo. Brasil es un país golpista. Y es evidente que los diarios tienen una agenda. No es paranoia. Estoy fuera de esa onda de la izquierda víctima y victimizada, que es demasiado pobre. El PT no tiene la decencia de hacer un mea culpa. El PSDB no tiene proyecto para Brasil; el proyecto del PSDB es joder al PT.

Hiciste en el pasado varias declaraciones apoyando a Marina Silva [ex senadora y dos veces candidata de la izquierda a la presidencia]. ¿Cómo ves su fuerza política hoy? ¿Tenés ganas de activar más en el escenario político?

Siempre defendí a Marina porque creo que es una persona muy interesante, que vivió en el campo. Tiene una historia, un hilo de conversación que me gusta. Y más que nada, siempre defendí a Marina del prejuicio de la clase media por el hecho de que sea evangélica. Parecía que todo el que vivía en la zona sur de Río de Janeiro decía que no la votaría por ser evangélica. Es como decir que no votás a alguien porque no le gusta el pagode [un ritmo musical provinciano]. Es un prejuicio elitista idiota. No podés confundir a Marina con los escrachos de la banca evangélica que están en el congreso. Pero ella fue muy pragmática en las últimas elecciones y en el momento en que cedió a una presión de los evangélicos para sacar de su programa lo que había sobre homosexualidad, yo di un paso al costado, y cuando apoyó a Aécio [Neves, candidato a la presidencia 2014 por su partido] realmente me pareció algo innecesario.

¿Cómo ves el actual momento político nacional? ¿Con escepticismo o con esperanza?

Es un momento evidentemente malo. Recibí una invitación de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) para ser embajador de buena voluntad en el mundo y viajar a lugares donde la gente trabaja en condiciones similares a la esclavitud. Van a lanzar una campaña contra el trabajo esclavo. La idea era lanzarla en Brasil, pero en su evaluación, Brasil vive un momento tan oscuro que la propia OIT cree que todavía no es el momento de hacerlo.

¿Y cómo es criar a tus hijos en este panorama?

Yo siento que mis hijos viven en una burbuja social. Lo digo por mi propio origen de haber vivido en el campo y tener un padre que era sargento y una madre ama de casa. Yo no era pobre, pero tuve una infancia modesta. Mis hijos viven en un mundo en el que están muy alienados, ven gente viviendo en la calle y piensan que las cosas son así, por más que intentes explicarles y demás. Entonces me da mucha pena cuando veo a estos articuleros de derecha que quieren hacerte cambiar cualquier voluntad que tengas de hablar esto con tus hijos u otras personas. Hablar de que existen formas más justas de convivencia social, más honestas. Brasil llegó a un punto tan gracioso que la moda hoy es ni tocar el tema. Yo conseguí prosperar en la vida como artista y estoy en condiciones de pagar el colegio privado para mis hijos, pero si hablo sobre injusticia social se me considera un hipócrita. ¿Me entendés lo que te estoy diciendo?

¿Y no pensás en irte permanentemente de Brasil?

No. Brasil siempre. Yo nunca quise que mis hijos fueran educados en otro país. Yo no entro en esa onda de poner a los chicos en una escuela bilingüe. No quiero que aprendan una cultura que no sea la brasileña. A pesar de creer que tienen que hablar inglés, y hablar bien, yo vivo acá, y mi vida está en Río y en Bahía.

La cuestión es que vos tenés opiniones contundentes. Y algún columnista va a escribir que vos hablás así, pero filmás en Hollywood.

Y sí… Es ridículo, ¡vamos! ¿Vos creés que Brasil puede ser socialmente más justo? Yo lo creo. ¿Vos creés que la mujer tiene derecho a abortar? Yo creo que sí. ¿Vos creés que los homosexuales tienen derecho a casarse? Yo, sí. ¿Vos creés que el Gobierno debe intervenir cuando hay un evidente hecho de disparidad social? Yo, sí. ¿Vos creés que hay una deuda del Estado con la población negra del país? Yo lo creo. ¿Debe ser saldada? Sí, debe. ¿Eso es ser de izquierda? Si lo es, lo soy. Ahora, nunca firmé ningún manifiesto, como para que me digan: "¿Te vas para Venezuela?".

El año pasado, cuando fue estrenada, la película Praia do Futuro [en la que Moura interpreta a un guardavidas gay], hubo algunos prejuicios. Ahora la novela Babilonia también recibe en Brasil dardos morales por un beso lésbico. ¿Qué pasa? ¿Esta cruzada moral está empeorando?

Sólo empeora. Es un país que es líder en violencia contra los homosexuales. Creo que es peligroso.

Querés dirigir tu primera película el año que viene. ¿Por qué elegiste a un personaje como el guerrillero Carlos Marighella para ese debut?

Nuestra generación, que nació durante la dictadura militar, está muy alienada. Merighella era un joven de 17 años que salía de su casa, vivía en la clandestinidad y entregaba su vida sin pensar en tener una carrera profesional, casarse o tener hijos… Yo quería entender esa entrega, porque tiene poco sentido para nosotros. Yo quiero entender a esa gente que forma parte de un pasado muy reciente. Claro que podemos discutir si la lucha armada valió la pena o no. Algunos críticos van a reducir mi película a la glorificación del terrorismo, pero no le tengo ningún miedo a eso.

No usás redes sociales. ¿Te presionan para abrirlas?

¡Gracias a Dios! Netflix intentó mucho que tuviese, porque para ellos es una plataforma de prensa. Pero yo quiero dar un paso al costado. Estoy intentando no tener más celular. Quiero caminar, quiero volver a Bahía. Quiero que mi andar sea cada vez más lento. Quiero que cada personaje que haga tenga una maduración parecida a la de Narcos. Que consiga pasar un año o dos envuelto con un personaje, con un proyecto. A mí me parece saludable no participar de las redes sociales. Ya oí todos los argumentos a favor. Lo que me incomoda es la proliferación de perfiles falsos. Le pedí ayuda a Netflix, pero me dijeron que la única manera era crear mi perfil, o los falsos iban a volver. Entonces dije: "¡Que se jodan!". No tengo 5.000 amigos; no sé si tengo quince. No me parece verdadero. Y es gracioso, porque parece una cosa de alguien que no tiene qué decir, que come y postea la foto de la comida. Todo eso es una exaltación de falsa alegría. Para mí, las redes sociales son como una revista de chismes autoeditada. No tengo tiempo para eso. ¡Ni siquiera pude ver Breaking Bad!

En este apuro, el teatro queda de lado. ¿No es triste?

La put… ¿Sabés qué quería hacer? Quería hacer un proyecto de teatro-danza. ¡Quería bailar! Pero no vamos a hablar de eso. No.

¿Cómo es eso?

Los dos artistas que yo más admiro, independientemente de su posición, que más le hablan a mi sensibilidad, son Caetano Veloso y Pina Bausch. Y para mí, hacer Hamlet fue muy fuerte. Hamlet y el show que hice con Legião Urbana fueron de las cosas más impresionantes en mi vida. Y Hamlet, ¡cómo amo esa obra! Decidí que voy a leer un fragmento de Hamlet todos los días para mi hijo más grande. Podría quedarme haciendo esa obra hasta morir, sólo esa. Viejito, haciendo Hamlet. Después de ella no puedo encontrar una cosa que me mueva a decir algo. Tal vez la danza, la danza-teatro… ¡Pero ahora soy un gordo de casi 40 años!

Pero el arte es todavía un refugio para esas cosas malas de las que hablamos, ¿o no?

Fui a ver a [la bailarina] Marilena Ansaldi al Teatro Municipal de Río de Janeiro. Y ella entraba en escena y te llevaba consigo. Eso es arte. Que se joda la política, el compromiso político, todo. El arte te lleva a otro lugar, adonde vislumbrás la posibilidad de un mundo mejor, de una vida mejor, donde los hombres se entiendan. El arte te lleva hacia ese lugar de esperanza.

¿Y tenés tiempo para ver esas cosas, para leer, para ver películas?

No. Cuando trabajo me quedo dentro de un universo. Se me hace muy difícil sacar la cabeza de ahí. Cuando estoy en casa, son las películas para chicos. ¿Sabés cuál me encantó? Intensa-Mente. ¿Cómo hicieron ese guión? Ese me emocionó. Lloré.

Cerrar