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Megadeth en el Luna Park: la nueva-vieja escuela

Fotos de Segismundo Trivero. Fotos de Segismundo Trivero. Fotos de Segismundo Trivero. Fotos de Segismundo Trivero. Fotos de Segismundo Trivero. Fotos de Segismundo Trivero. Fotos de Segismundo Trivero. 

Está inspirado el Colorado. O más bien movilizado, corrido de su zona de confort por esta nueva sociedad con un guitarrista joven que lo reconecta con aquellas épocas en las que, donde ponía el ojo, ponía la bala. Aunque suene mal, a Megadeth no le sentó bien innovar: el mismo Dave Mustaine nos dijo hace unos meses que sentía que había alcanzado la perfección en Rust in Peace (1990) y que de Cryptic Writings (1997) en adelante la cosa había avanzado a los tumbos. Pero ahora con Dystopia, y más aún con esta gira de presentación, parece haber recuperado del todo ese rasgo que los convirtió en una fuerza de la naturaleza: el hambre de thrash vieja escuela, compacto y contundente, riffero y supersónico.

El tema es que cuando el Colorado está inspirado, uno no sale ileso. Más que nada porque todo se alinea mágicamente tras él: las impactantes visuales y la puesta en escena, con estética -obvio- distópica y bélica; el público, que hace honor a su propio mito, deja la vida para que Mustaine se sienta en casa y llena el Luna Park de remeras de Exodus, Overkill, Pantera y Horcas; y desde ya, la banda, con el recién llegado Dirk Verbeuren replicando la pesadez desaliñada que Chris Adler le imprimió a Dystopia y con Kiko Loureiro que llegó de Angra para revitalizar a la bestia.

Ya en la apertura con "Hangar 18" el brasileño demuestra que el puesto que alguna vez fue de Marty Friedman no le queda para nada grande. Con ese exhibicionismo que arrastra desde el power metal puesto en función de la potencia thrashera, se carga el solo de "The Threat is Real" con el pelo al viento pero también sabe ensamblarse con Mustaine para sonar como un doble ataque consolidado, más que como guitarras que se cruzan o compiten.

"Poisonous Shadows", tema del último disco, nos enfrenta a la disyuntiva de una batería que suena a ráfaga de metralla en choque con un estribillo casi tarareable. Otro doble juego es el del ritmo quebrado y el fraseo de guitarra entreverado de "Wake Up Dead" que desemboca en todo lo contrario: un riff machacante, lento y marcial como el de "In My Darkest Hour". En "Dawn Patrol" manda el bajo de Dave Ellefson y en "Fatal Illusion" (otra de Dystopia; en total tocaron seis) ponen a prueba su velocidad, con resultados vertiginosos.

El tándem más celebrado es el de "A Tout Le Monde" (con otro memorable solo de Kiko en el que el sustain de una nota distorsionada se cruza con la siguiente y así sucesivamente) y "Trust", tras el cual Mustaine se incordia con un estúpido que le revolea cosas y oscila entre la guapeza y la comedia: "si querés desafiarme vení acá arriba, cagón", dice, y luego agrega en un categórico español, "¡puto!".

Otro uno-dos de temas del último disco ("Post American World" y el que le da nombre) y el cierre que ya sale de memoria: el hit "Symphony of Destruction", "Peace Sells" y el bis con "Holy Wars". "¿Quiénes ya nos habían visto antes?", pregunta el Colorado, y el Luna Park entero levanta las manos. La audiencia es fiel y tiene su recompensa: acaba de ver a una de las mejores encarnaciones de Megadeth.

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