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La liberación de Kevin Durant

Kevin Durant antes de arrancar la temporada 2016/2017 en la NBA con su nuevo equipo, Golden State Warriors.
Foto: RollingStone/ Mark Seliger

En el proscenio del edificio Nolan Ryan en el enorme campus de Nike en las afueras de Portland, Oregón, Kevin Durant camina por el transepto sagrado de Sneaker Paradiso: los estudios en los que unos jóvenes diseñadores, trabajando en tabletas, crean las zapatillas de básquet para temporadas futuras, algunas en estilos y colores que el público jamás verá. Los monitores de las computadoras exhiben bocetos de mid-tops que durante meses no estarán a la venta. En los estantes de cada oficina hay huellas de los hombres que inspiraron estos productos. Y los anaqueles de cada cubículo hay prototipos del pasado -LeBron Soldiers de 2012 en un bronce glorioso; Jordans en magenta, de principios de los 2000- que nunca fueron marcadas ni manchadas por ningún pie humano. Si caminás por estos pasillos, lo único que podés hacer es no llenar tu mochila con todas las zapatillas que puedas y salir volando hacia la puerta. Obviamente, te van a taclear antes de que llegues a las escaleras, pero ¿qué jurado te condenaría?

Los creadores de estos modelos -nerds varones de barba- levantan la vista desde sus computadoras para ver la sombra que aparece en sus escritorios. "Estas son un fuego", dice Durant, agarrando de una pila de cajas las high-tops de LeBron del año que viene. "¿Las tenés en talle 17?"

Los diseñadores no saben cómo entender esto. En el mundo de las zapatillas de básquet, esto viola todo tipo de ortodoxia de íconos. Afuera, en el mundo más allá de los límites de este vasto campus, uno es un tipo de LeBron o uno de KD, y lo que está en juego es obscenamente mucho. Las líneas de ropa de ambos producen 500.000 millones de dólares al año para el todopoderoso Swoosh, y la pregunta acerca de quién vende más, o quién recibe participación en el mercado de quién es asunto de agudas preocupaciones para el entorno de cada uno. De ahí el desconcierto en esta sala: ¿Nos reímos de ese chiste, o fingimos nuestras propias muertes?

Durant mira hacia abajo y se ríe de la manera más suave. "Los estoy jodiendo. Me encanta su trabajo, pero yo soy estrictamente un tipo de zapatillas low-top."

Llegó a Portland por un asunto serio: dos días de reuniones con planificadores de productos para revisar su campo mundial de indumentaria de juego. (Nike le está pagando, supuestamente, 300 millones de dólares durante una década.) Pero estas delicadas finanzas no le impiden a Durant, quien acaba de cumplir 28 años, hacer chistes y cargar a los jovencitos brillantes que trabajan acá. En una breve reunión abajo en el salón de empleados, de repente se pasa del otro lado del mostrador y empieza a repartir mocachinos. Durante cinco minutos, el mesero más alto del mundo libre recibe órdenes, hace espuma con leche de soja y silba mientras trabaja, maravillando a unos empleados confundidos. Un rato después, ya reemplazó a un cajero, y se pone a cobrarle a la gente por sus almuerzos y a darles el vuelto. Quizás esto es un rebote de su falta de sueño: la noche anterior, me llamó para que fuera a su habitación de hotel a interrogarlo mientras lo tatuaban. Con su muslo izquierdo dormido por una venda con lidocaína, y un par de shots de scotch sin hielo, habló, algo mareado, acerca de su infancia, mientras el tatuador trabajaba, bocetando un retrato de Aaliyah. Durante el mes pasado, Durant transformó esa larga pierna en un santuario de sus héroes muertos. ¿Rick James, cuyo rostro ahora adorna su rodilla? "Me crié escuchándolo, mientras mi abuela limpiaba la casa." ¿Tupac y Lisa "Left-Eye" Lopes, quienes comparten su pantorrilla? "Su música me lleva a un lugar feliz." ¿Y Aaliyah, quien murió demasiado joven, a los 22, y a la que venerará de ahora en más? "Man, ella fue mi primer enamoramiento cuando era chico. Cuando yo estaba en séptimo grado, ¡Aaliyah era todo para mí!"

Damas y caballeros, les presento a Kevin Durant 2.0: el upgrade liberado, dueño de su propio mundo, con adornos en el cuerpo. Es este modelo el que llevará, con su talento inimitable, a los Golden State Warriors este otoño, dejando atrás a los Oklahoma City Thunder, el equipo al que llevó de la nada hasta ser eterno candidato al título. Al hacerlo, famosamente puso en riesgo su rol como la estrella más amable del juego, exponiéndose a un bombardeo de críticas, en general lanzadas por trolls de la derecha alternativa. ¿Y por qué tanto odio por un tipo que hizo las cosas bien, y se puso una franquicia al hombro durante nueve años mientras trataba de ganar un campeonato con un bajo presupuesto? Porque, por primera vez en su vida, Durant se priorizó a sí mismo, eligió perseguir su propio placer, y no su idea de compromiso con millones de extraños.

"Toda la vida fui alguien que satisfacía a otros", dice, "y ponía todo lo demás a un costado." Fue un "robot del básquet", en un estado de "trance de básquet", caminando con la cabeza gacha y la capucha ajustada, sin preguntarse lo que quería, quizás por miedo a lastimar a sus compañeros y sus fans. Después, de repente, hace dos temporadas, la rueda del hámster se detuvo cuando se fracturó un pequeño hueso en el pie. Incapaz de jugar, ni de moverse de su sillón, durante meses, levantó la cabeza, abrió bien los ojos y odió todo lo que vio alrededor. Tenía 25 años y nunca había ido a ninguna parte, ni había hecho nada que no sirviera a su juego. Necesitaba hacer algunos cambios, y no de los pequeños. No, lo que necesitaba era una reinvención completa, un borrón y cuenta nueva de su alma. Empezaría -y terminaría- con una pregunta fundamental: ¿Cuáles son las cosas que me dan placer?

En Los Angeles, donde me sumo a la gira promocional de Durant (cinco ciudades, cuatro estados, en cinco días), nos sentamos en las mesas afuera de un restaurante y charlamos sobre la ciudad que acaba de abandonar. (Como estamos en Beverly Hills, por supuesto que Usher pasa caminando, y saluda a KD en el camino. Más tarde, pasa Kevin Love y saluda desde la ventana de su Porsche.) Desde que Durant dejó Oklahoma a principios de julio, lo único que todo el mundo quería preguntarle era por qué había abandonado a sus muchachos para pasarse al equipo de los supervillanos de Golden State. La gente de Oklahoma, en general muy amable, le dijo de todo, excepto musulmán radical -su presunción era que Durant estaba desesperado por conseguir un anillo-. Eso les parecía, por decirlo de algún modo, desagradecido. Hace seis años, se negó a quedar libre para renovar por seis años, el mismo día que LeBron James abandonó Cleveland. Mientras James transmitía su partida en todo el país, Durant saludó a sus fans con un tuit: "Los amo a todos, de verdad". Dos años después, cuando la dirigencia vendió a James Harden, su amigo y co-estrella, él siguió siendo un soldado fiel. Y se mordió la lengua cuando, verano tras verano, los Thunder se negaron a sumar a alguna tercera opción -por ejemplo, Ray Allen, en Boston, o Love en Cleveland-. "Mientras los otros equipos salían a buscar veteranos, nosotros seguíamos con los jóvenes", dice con un suspiro, moviendo una ristra de chorizos con el tenedor. Aparentemente, es agotador, incluso el recuerdo de haber llevado a un equipo en la espalda.

Aunque es demasiado inteligente como para decirlo, esa serie de traiciones finalmente le rompió el corazón. "Durante nueve años, se negó a decir una palabra contra su equipo -"él amaba a esa gente, a esa ciudad", dice su mamá, Wanda Durant, su mejor amiga y confidente desde que empezó su aventura en el básquet a los ocho años- "Pero este verano me dijo: 'Mamá, no puedo más. En esto, no están conmigo, no estamos juntos como antes -siento que necesito algo diferente-'." Los últimos cuatro años cargó valientemente con el peso de una franquicia de un caballo y dos estrellas, saliendo al campo de batalla solamente con el base Russell Westbrook como único anotador confiable. Cada año, los Thunder terminaban cerca de la cima, y descarrilaban contra equipos más sólidos en los playoffs. La última estocada, la más dolorosa, fue la derrota ante los Golden State en las finales de la Conferencia Oeste en mayo. Montados sobre el brillo de Durant y Westbrook, los Thunder llegaron a estar 3-1 arriba, no sólo derrotando, sino también humillando a los campeones, desparramándolos en el suelo como pinos de bowling. Después, de repente, sus estrellas se quedaron sin nafta contra el monstruo de tres cabezas de Stephen Curry, Klay Thompson y Draymond Green. Con una ventaja en el último cuarto de lo que podría haber sido un sexto partido decisivo, Durant y Westbrook empezaron a errar tiros, mientras Thompson y Curry se prendieron fuego, embocando triple tras triple. "Era como si Klay hubiera sido tocado por la mano de Dios", dice Durant. "No erraba nada. Y después Steph se volvió loco y bueno, maldita sea."

Exactamente: maldita sea. Durant quería ganar tanto, que hizo algo que nunca antes había hecho: se permitió saborear la victoria antes de que ocurriera: "Man, nos vi a nosotros en las gorras y remeras de la gente, con los fans enloquecidos, bailando. Esa ciudad fue tan buena con nosotros, nos entregó tanto amor, incluso cuando perdíamos. Yo lo quería más por ellos que por mí". Volvió a casa destrozado, recordando todos sus errores -y había habido muchos-. Compensó un poco en el séptimo partido, pero Westbrook ya estaba estrictamente agotado. Una parte de Durant sabía que ya tenía el boleto de salida. "Sentí como que todo estaba hecho para que me fuera", dice, "especialmente después de que ellos desperdiciaron una ventaja en la final, porque yo estaba seguro de que si ellos ganaban, yo no iba a ir con ellos. Pero después del séptimo partido, llamé a mi agente y le dije: 'Bueno, man, Golden State: ¿qué te parece?'."

Hasta hace dos años, durant nunca se había tomado una semana de vacaciones ni había ido a ningún lugar exótico por placer. En su lugar, pasaba sus meses libres haciendo exactamente lo que venía haciendo desde que descubrió el juego cuando era chico: refinando sus habilidades en jornadas laborales que bordeaban el autocastigo. Su deporte está repleto de leyendas de Primera Clase -Kobe Bryant, con sus entrenamientos maníacos de todo el año; James haciendo de a tres entrenamientos por día-, pero Durant está a su altura. Iba mañanas, mediodías y noches al predio de los Thunder, para trabajar en sus puntos débiles, tirando triples, mejorando sus jugadas de espaldas al aro. Ya había sido el máximo anotador en cuatro de cinco años, había sido el MVP del torneo en 2014, y cinco veces titular en el All-NBA. Cuando su salud mental le sugería tomarse un mes libre y despejarse en Bora Bora, en su lugar él llevaba su cuerpo abatido hacia otro infierno incesante, hasta que, finalmente, no pudo más y se quebró.

Y así, dos inviernos atrás, se sentó en su sofá y empezó a evaluar su adultez. Durante 20 años, su vida interior había estado en un freezer de criogenia; casi todas sus decisiones, las grandes y las pequeñas, habían sido pospuestas en nombre de su trabajo. Su casa en Oklahoma estaba repleta de tipos que había conocido cuando era chico en Seat Pleasant, Maryland, aunque, según Durant, tenía pocos amigos en esa difícil ciudad. Sus invitados la pasaban genial en su casa, iban con su auto a las discotecas, pero hacían poco por su causa -la de él-. Aparecieron videos en TMZ: Justin Bieber disparándole un dardo de juguete a Durant; otro en el que se le caía una caja con marihuana medicinal. Había evitado las trampas típicas de las adolescencias extendidas -arrestos borracho, madres jóvenes, peleas nocturnas-. (Durant no tiene hijos ni estuvo casado, aunque estuvo comprometido brevemente con Monica Wright, quien juega en la WNBA.) Aun así, actuaba como un personaje secundario en su propia vida, no como la maravilla independiente que había alcanzado la cima precisamente por volar solo.

Cuando era chico, lo habían forzado a un pacto con el demonio para sacarse a él y a su familia del peligro. Sacrificó su niñez por su talento, abandonó a sus amigos y a las chicas y la oportunidad de ser simplemente un chico, para entrenar de sol a sol. Entre los ocho y los 18 años, vivió en un túnel que no era ni el presente ni el futuro, diciéndole adiós a una década entera, para transformarse en un jugador único cuyo primer contrato fue tan alto que pudo hacer que su mamá no trabajara nunca más, y se pudiera retirar del fuego cruzado de las calles. Se puso tan alto y flaco que sus amigos lo llamaban Skeletor, cuando entraba fatigosamente a clase con sus zapatos de tamaño payaso. Su mamá trabajaba de noche, cargando camiones postales, así que desde la escuela primaria tenía que prepararse solo para ir a clase, y ponerse algo en el estómago en el almuerzo y la cena. "Me daba 20 dólares para toda la semana", dice. "Comía muchos Drake's Cakes y Little Debbies."

Vivían en un barrio pobre de Seat Pleasant, una zona alejada del Prince George's County que está a un río -y una galaxia- de Capitol Hill. El padre de Durant, Wayne, un guardia de seguridad en D.C., dejó de estar presente más o menos desde que Durant tenía un año. "Me ayudó con la cuota alimentaria, pero no era la presencia que ellos necesitaban de un padre", dice Wanda, quien hace años se retiró del correo y ahora da charlas motivacionales. Cada tanto, Wayne volvía, despertando esperanzas en Durant y su hermano mayor, Tony. Después se desataba un infierno entre sus padres, y Wayne otra vez se desvanecía, excepto por visitas esporádicas.

La familia de Wanda colaboraba, en particular su tía Pearl y su madre, Barbara; cuidaban a Kevin por las noches y fines de semana, mientras ella trabajaba. Pero las mujeres no pueden ocupar el vacío que abre la partida de un padre, en particular cuando la pobreza te golpea como el viento a las hojas secas. "Nos mudamos cinco veces", dice Durant. "Fui a siete escuelas diferentes." Nunca tuvo su propia habitación -apenas tenía una cama adecuada, puesto que ya era más grande que su colchón simple-. "Aprendí a dormir con las piernas dobladas. Fue así hasta la NBA. Una vez estaba en casa de regreso de la universidad [Durant pasó un año en la Universidad de Texas, después se presentó a la convocatoria de la NBA antes de cumplir 19], acababa de meter 37 puntos, y estaba todo doblado en el sofá, tratando de dormir. Miré alrededor, en el living, y pensé: 'Sí, sigo rompiéndome el lomo'."

Durant con su mamá Wanda. A ella le dedicó el título de Jugador Más Valioso, en 2014.
Foto: AP/ Sue Ogrocki

Se transformó en un chico callado y solitario que, en lugar de amigos, tenía deportes. En particular, tenía el básquet, aunque es más justo decir que el básquet lo tenía a él. Era lo único en lo que pensaba, lo único que deseaba, desde que Wanda lo anotó en el Seat Pleasant Activity Center y lo dejó al cuidado de dos hombres buenos de ahí. Uno era Chucky Craig, el entrenador de la institución, quien fue asesinado cuando Durant estaba en la escuela secundaria. (Durant usa el número 35 por Craig, quien fue asesinado a esa edad luego de, supuestamente, haberse metido en una pelea callejera.) El otro era Taras Brown, quien dirigía el equipo del Amateur Athletic Union que estaba vagamente conectado con el centro. Los dos se dieron cuenta de inmediato de que había algo único en ese niño tímido y desgarbado. "El primer año le dije: 'Tenés el don de la ambición'", dice el entrenador Brown, quien ahora dirige la organización AAU de Durant, un emprendimiento enorme que financia Durant para darles espacio y apoyo a cientos de chicos para sobrevivir la infancia en Seat Pleasant. "No sólo estaba hambriento, era una esponja. Siempre quería saber lo que había hecho mal, incluso si ganábamos por 30 puntos."

Brown, quien mandó a docenas de chicos a la universidad, y a los mejores de ellos -Durant, Michael Beasley-, a la NBA, puso tanto esfuerzo en ese larguirucho de nueve años que, cuando era adolescente, Durant lo eligió como padrino. Lo que Brown vio, más allá de su ambición, era un cuerpo que podía ser formado para ser algo que nunca había visto: un francotirador de 2,10 metros, con el control de un base y la envergadura de un F-16. "Me encantaba Larry Bird, y le dije a KD que aprendiera de él, lo hacía sentarse a ver videos de él en mi casa", dice Brown. Para enseñarle el glorioso latigazo de Bird, forzó a Durant a acostarse boca arriba durante una hora, con una pelota de entrenamiento en la frente. "Man, esa mierda era horrible -yo lloraba, me hacía doler-", dice Durant. "Pero hizo que mi muñeca fuera más fuerte." Había una colina cerca del centro que era brutalmente empinada, y del largo de una cancha de básquet. Brown lo hacía correrla hacia arriba a toda velocidad, de modo que correr en una superficie plana fuera, para él, como caminar. Lo hacía driblar, con los hombros bajos, alrededor de pilas de sillas, haciendo una serie de tres movimientos por parada. Una vez, Brown salió para un partido y le dijo a Durant que siguiera mientras él no estaba. Algo detuvo a Brown, y tardó horas en volver. Cuando regresó, encontró al joven llorando, exhausto, pero sin dejar de hacer el ejercicio en su ausencia.

Cuando no jugaba al básquet -es decir, en clase o durmiendo en casa- Durant estaba literalmente escapándose de la situación dramática de su pueblo, donde te pasaban cosas malas si caminabas lento. "Una vez me mordió un pitbull cuando corría hasta el gimnasio -aprendí a correr en medio de la calle-", dice. Vio cómo disparaban a un vecino, vio a un miembro de su familia amenazar a otro con una pistola, vio a la tía Pearl colapsar en 2001, escupiendo sangre de un cáncer terminal. Su mayor descanso, más allá de los viajes para jugar, era subirse al subte y andar lo más rápido que pudiera, para bajarse en suburbios frondosos a caminar por la calle. "Allí era todo tranquilo, y cuando jugaba picados, nadie me desafiaba, ni me decían estupideces", dice. "Yo pensaba: 'Quiero estar acá'." No tenía ilusiones grandes acerca de lo que se compraría si llegaba a la liga; no se permitía, de hecho, esos pensamientos, por miedo a ofender a los dioses. Pero decidió que si le pagaban, iba a invertir en algo de paz y tranquilidad: comprarse una casa en la que su familia pudiera respirar. "Mi mamá estaba tan asustada que nos hacía hablar bajo cuando estábamos en casa. '¡Shhhhsh!', decía. 'Nos van a escuchar. ¡Cállense!'"

Obviamente, nadie sale solo del infierno. Brown dedicó casi diez años a Durant y constantemente pagaba sus comidas y viajes. Wanda se gastó todo su dinero en campamentos de entrenamiento y zapatillas, aunque durante un tiempo, las únicas que le podía comprar eran las de Lisa Leslie, porque eran más baratas que las zapatillas de hombres. Incluso los pandilleros cuidaban a KD, y le decían a todo el mundo que no jodieran al chico que la estaba rompiendo en la National Christian Academy. Pero en el lugar de donde es él, nada es gratis, ni siquiera la amabilidad. Es un préstamo que crece día a día y te persigue aun después de irte. No te olvides de nosotros cuando la pegues y nosotros sigamos acá.

Así que ahí estaba él, hace dos primaveras, pagando esas deudas psicológicas, postergando sus propias ambiciones incumplidas. "Estuve en ese trance durante tanto tiempo que me estaba afectando la vida", dice. "Me desperté un día e hice un par de cambios." Decidió limpiar la casa, y mandó a todo el mundo a hacer la valija excepto a su medio hermano, Rayvonne, y a otro amigo, que ahora comparten la espléndida casa de Durant en las colinas de Oakland. Durant ya había cambiado de agente, arreglando con RocNation, y sus donaciones empezaron a enfocarse en construir canchas de básquet para chicos de ciudades con dificultades. "El único refugio que él tenía era jugar al básquet en el centro recreativo, y su misión es devolver eso", dice Rich Kleiman, el agente de Durant y socio en la Kevin Durant Enterprises. Kleiman, quien coordina cada detalle de la vida de Durant, supervisó su proyecto Build It and They Will Ball, que revivió canchas y centros recreativos en siete ciudades, y lo hará en más. Además, acompañó a Durant en las giras que de repente aceptó empezar a hacer, desde Francia hasta China, disfrutando con tranquilidad de culturas diferentes. "Haberme lastimado me abrió la cabeza, me hizo más transparente, y así la gente puede serlo conmigo", dice Durant. "Ahora quiero compartir las historias que escucho, escribir un libro o hacer una película, lo que sea. Todo esto es nuevo para mí, pero está bien. Estoy aprendiendo. Estoy empezando con esto."

Cuando un hombre tiene ese tipo de resurgimiento mental, cada elemento de su vida parece tener un nuevo sentido. Para Durant, esto significó finalmente entender las verdades de OKC. Por más que lo intentaran con las compras y contrataciones de juveniles, la dirigencia del equipo nunca iba a arreglar lo que había arruinado con el contrato de Harden. Así que Durant empezó a observar otros equipos, midiendo la temperatura de la liga. Un equipo le llamó particularmente la atención: los felices Warriors, con su estilo vertiginoso, por el cual la pelota nunca deja de moverse. "Estos tipos juegan como yo", pensó. "Ven la cancha como yo." Ahí podría hacer pantalla y recibir asistencias "de hockey", las jugadas de small-ball que nunca iba a poder hacer mientras jugara con Westbrook. "Es un secreto a voces que la diversión se había terminado, y que nunca volvería a fluir con Russell", dice una fuente muy importante de la liga. "Russell es un tipo más de 'ahora voy yo, ahora vas vos', y los defensores ya saben eso. Cuando Russ tenía la pelota, el tipo que marcaba a KD lo dejaba e iba a marcar a Russ."

En junio, entonces -dos semanas después de que los Warriors recibieran su propia medicina y arruinaran una ventaja de 3-1 en la final contra los Cleveland Cavaliers-, Durant y su padre, Wayne, junto con su mejor amigo Charlie Bell y Kleiman, alquilaron una casa cerca de la playa en East Hampton, Nueva York. Durante tres días recibieron a una lista de pretendientes: los Warriors, los San Antonio Spurs, los Miami Heat, los Boston Celtics, Los Angeles Clippers y, por supuesto, a los Thunder. Cada equipo recibió un tiempo para hacer una propuesta; cada uno llevó sus mejores armas para tentar a Durant. Los Golden State sacaron a relucir todas sus armas: Curry, Thompson y Green, por supuesto, pero también Steve Kerr, el entrenador del año 2016, Bob Myers (Dirigente del año, 2015) y una fascinante gira de realidad virtual por el Oracle Arena cuando está repleto. Ay, los anteojos de realidad virtual se rompieron apenas empezaron. "Todos pensamos: 'Adiós contrato'. Pasamos de la mejor presentación a la peor en 15 segundos", dice Kerr. Pero después abrieron la boca los jugadores, en particular Curry. "Le dijo a Kevin: 'No necesito la pelota, ni tirar tantas veces. Yo sólo quiero otro título, man'."

Mientras tanto, Durant estudiaba el lenguaje corporal de los jugadores en su mesa. "Ellos se llevaban tan bien, estaban tan relajados", dice. "Yo pensé: 'Estos tipos son muy relajados, no me molestaría jugar con ellos'. Ni pregunté: '¿Cómo vamos a hacer para jugar juntos?'. Lo que yo preguntaba era: '¿Dónde van a comer juntos, dónde salen juntos?'" Estas preguntas eran prominentes para Durant. Por más que la gente piense que él y Westbrook eran amigos, en realidad eran más amigos del trabajo, dice. "Cada uno tenía su pandilla. Russell tenía a sus muchachos, yo a los míos. Nunca fue algo malo. Es lo que era." Para alguien que se crio sin amigos durante la escuela, el ánimo de esas estrellas y su afecto compartido deben haber sido como un cartel de bienvenida. Durante toda la vida, él había caminado solo, un hombre solitario en el desierto. Ahora, por fin, lo llamaba una tribu. ¿Quién de nosotros podría haberlo rechazado?

Ese domingo, después de que hablara todo el mundo, incluyendo dirigentes de los Thunder, a los que vio dos veces, se metió dos horas en una bañadera, atormentado con la decisión. Finalmente se fue a la cama, sin saber qué haría. Cuando se despertó, a las 5 a.m., escuchó una palabra en su cabeza: Warriors. Fue a despertar a Kleiman y luego se preparó para la llamada telefónica más difícil de su vida. "Fue difícil, hablar con [el director de los Thunder] Sam Presti y [el dueño] Clay Bennett. Lloré, me emocioné, digámoslo así." Texteó a Westbrook, pero no lo llamó -durante el proceso no habían hablado mucho-. Cuando le pregunto por qué, Durant se encoge de hombros. Tuvieron su época juntos, lucharon juntos lo más duro que pueden pelear dos hombres cuando son menos que el rival. A veces, cuando termina, uno deja que hable el silencio; las palabras no parecen adecuadas, para bien o para mal.

Durant, en la cárcel de San Quentin en septiembre. "Me enseñaron mucho hoy", les dijo a los presos.
Foto: Eddie Herena / San Quentin News

Cada otoño durante los ultimos cinco años, los Warriors hacen un picado contra los mejores jugadores de la cárcel San Quentin en California. Es siempre un día de sensaciones encontradas, puertas adentro de esa célebre prisión. Sobre la cancha está el pabellón de pena de muerte más grande del país, donde más de 700 asesinos esperan por su sentencia en celdas deterioradas. La cárcel está superpoblada y dividida racialmente. "Acá la mierda puede explotar en cualquier momento", dice un recluso llamado Wall Street, sentado junto a mí en un banco antes del partido. "Todo el mundo odia a todo el mundo, pero no hoy. Hoy ese ruido se apaga."

Típicamente, los Warriors traen un equipo de asistentes mezclados con algunos dirigentes. Muchas veces aparecen un par de jugadores; alguna vez se acerca una estrella. Hoy hay dos: Draymond Green y Kevin Durant, hablando entre ellos mientras caminan desde el estacionamiento. "Man, ¿por qué criticaste tanto las zapatillas de Steph?", dice Green, en referencia al modelo Chef Curry que se lanzó el verano pasado, ante críticas generalizadas en Twitter. "Porque eran horribles", lanza Durant. "Las más feas que vi en mi vida. Tu amigo debería estar avergonzado."

Las estrellas se detienen a firmar con gracia cualquier cosa que le pongan enfrente los reclusos -zapatos de bebé, botellas de agua, el álbum de la boda de alguien-. Los dos parecen relajados en medio de la muchedumbre agitada, intercambiando abrazos y saludos con la mano con brazos tatuados en un bloque desparejo de asfalto en el patio central. Y después empieza el partido, y cada uno va a su lugar: Green va a jugar al dominó en un patio lateral ruidoso; Durant se sienta en un banco a charlar con convictos. Uno tras otro, se arrodillan ante él, y le cuentan sus historias en suspiros tersos. No puedo escucharlos bien, pero, obviamente, no es asunto mío. En su lugar, lo miro a Durant mirándolos. Su rostro está inundado de una catarata de sensaciones: dolor y pena y una pequeña redención. No puede no escuchar, él está acá para testimoniar. Esto también es la vida, y él debe tener una.

En el entretiempo se levanta; es hora de irse; tiene un compromiso de trabajo en la ciudad. Pero alguien le pregunta si quiere ver las celdas, y Durant, siendo como es, no puede decir que no. Allí nos llevan, atravesando un bloque de puertas con plásticos mugrientos. "Este soy yo", dice un recluso, invitándolo a la caja de zapatos de 1×3 metros en la que lo alojaron. Aunque tiene el tamaño de un baño -si estirás los brazos tocás ambas paredes-, lo comparte con otro hombre, con una cama marinera. Sorprendido, Durant entra y mira. Con los hombros a la altura de la cama superior, se queda parado y escucha al convicto mientras describe su vida. "Tenés que mear y hacer tus cosas frente a tu compañero de celda, tenés que pararte en su cama para llegar a la tuya y si te dice que no, tenés que pelearte."

"Bueno, yo podría saltar", dice Durant, tratando de aliviar el tono, pero su chiste no funciona, y lo sabe. Aunque en mayor medida no dice nada acerca de asuntos políticos, está furioso con el estado de la cuestión en este país. "El barrio es una trampa, man -nacés ahí y te morís ahí, y no hay nada en el medio-", me dice. Para ilustrar la injusticia, pone a Curry, que creció rodeado de figuras de la NBA -su papá, Dell, jugó en Utah, Charlotte y Toronto entre 1986 y 2002-, como contraejemplo. "Yo me crié en una situación jodida, siempre a punto de quebrarme, pero él era de clase media, y no tuvo que vivir en modo defensivo." Durant deja en claro que admira a su compañero de equipo: "No tenía que trabajar tan duro, y sin embargo lo hace". Lo que dice es que ningún chico debería hacer lo que él hizo: poner su vida en suspenso durante más de 20 años para tener una pequeña chance de escapar. "Toda la vida estuve con la guardia en alto, nunca pude vivir la vida", dice. "Es muy difícil olvidarse de esos rasgos de personalidad cuando te hacés grande."

Camino a la puerta, se para a saludar a varios de los hombres que conoció adentro. "Me enseñaron mucho hoy. Estoy agradecido, y lo recordaré", dice, inclinándose para chocar hombros con algunos de ellos. Y después sale, con el cielo azul sobre su cabeza, estirándose con la promesa y el peso de las que ya cumplió, y de las que se vendrán.

Paul Solotaroff

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